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Kidush frente a Hashem
Tres veces había llenado el Rebe Mordejai de Chernobil su copa para recitar el kidush y las tres veces el temblor de su mano había derramado el vino.
Cuando finalmente logró hacer el kidush, se le preguntó por qué había temblado de esa forma.
-Mientras se llenaba la copa- explicó -comencé a meditar a Quién tenía delante al recitar el kidush. Me sobrecogí ante la magnitud imponente de Di-s y no pude evitar el temblor.
Cuando esta historia llegó a oídos de Tzemaj Tzedek, él expresó: -Un viernes a la noche, le dieron a mi abuelo, el Alter Rebe, una copa de kidush recién lavada. Comenzó a secarla y siguió así por más de dos horas. Esto me resulta aún más asombroso que la historia que acaban de relatar.
Absorto en la devoción a Di-s
Rab Iaakov Kazakov de Kiev contaba la siguiente historia:
-Cierta vez, camino a Lubavitch, llegué a Krasnia un viernes a la tarde. Todos los cocheros que viajaban a Lubavitch ya habían partido y sólo encontré un coche que iba a Liadi. Decidí entonces pasar Shabat en esa ciudad en vez de seguir en Krasnia. Cuando llegué a Liadi, el Rebe Rab Isajer Ber, estaba analizando un discurso jasídico frente a una numerosa audiencia. Súbitamente, al grito de ‘¡Fuego! ¡Fuego!’, los presentes salieron corriendo frenéticamente. Yo fui el único que permanecí dentro de la sinagoga. Ignorando la conmoción, el Rebe continuó su discurso.
-¿Dónde está toda la gente?- preguntó al finalizar su disertación. Al informarle sobre lo acontecido, me confesó que no había oído nada. Había estado tan absorto en sus palabras que no había registrado la conmoción.
La capacidad de aprehender el mundo espiritual
Un grupo de médicos comentaba en voz baja la grave enfermedad del Miteler Rebe.
-Creo que su mal proviene de sus deseos frustrados. Se impone a sí mismo el sacrificio de una meditación muy intensa para tratar de consumar su amor por una entidad que está más allá de este mundo- dijo uno de los médicos a sus colegas.
El Miteler Rebe alcanzó a escuchar la conversación y le dijo: -Su observación me deja perplejo. Me pregunto si usted también es capaz de imaginar algo nunca visto.
-Creo que sí- respondió el doctor frunciendo el entrecejo en señal de concentración.
-Bien, díganos en qué está pensando.
-Estoy viendo cómo esta mesa gira sobre sí misma.
-¡Vamos!- dijo el Miteler Rebe, -sus pensamientos no son algo nunca visto. Todo lo contrario: la mesa existe dentro de este mundo, como así también su capacidad de rotación. Lo que usted ha hecho es meramente conectarlos. Entonces, ¿cómo puede entender si mis reflexiones giran en torno a algo que existe en este mundo o fuera de él?.
Aceptar un decreto Divino a pesar de sus consecuencias
A pesar de su riqueza y bienestar, Rab Shlomo, uno de los jasidim del Baal Shem Tov era un hombre desdichado y agobiado de dolor por la falta de hijos. Aunque sus negocios le proporcionaban medios económicos más que satisfactorios, no encontraba, sin embargo, consuelo.
A menudo buscaba la bendición del Rebe pero era en vano, el Baal Shem Tov cambiaba de tema e ignoraba el pedido.
Sin embargo, en una de sus visitas a Mezibush, su persistencia dio frutos. Esta vez, el Baal Shem Tov accedió a concederle la bendición pero con una condición: -Si renuncias a tu riqueza, serás bendecido con un hijo- prometió el Baal Shem Tov.
Rab Shlomo accedió sin vacilar, lleno de júbilo ante la perspectiva de realizar su deseo.
-Ve a casa y háblalo con tu esposa- continuó el Baal Shem Tov. -Su consentimiento también es necesario.
Rab Shlomo corrió a su casa a consultar a su mujer. -¿De qué nos sirve nuestra riqueza si no tenemos hijos que la disfruten? Corre a ver al Baal Shem Tov y dile que estoy de acuerdo- dijo su esposa.
Rab Shlomo partió inmediatamente a Mezibush y finalmente recibió la tan ansiada bendición.
En el viaje de regreso, paró en una posada a descansar. Mientras tomaba algo caliente en una mesa, conversó con otros viajeros a quienes, sin presentarse, preguntó sobre las últimas noticias.
-¿No se ha enterado de las desgracias que cayeron sobre el Rab Shlomo?. Su flota de barcos, cargados con toneladas de madera, se perdió en el mar.
-Así que está realmente sucediendo- pensó Rab Shlomo encantado. Todavía me quedan muchos negocios y propiedades- continuó reflexionando. -Probablemente llevará un tiempo perder toda mi fortuna.
Para sorpresa de Rab Shlomo, sin embargo, la rueda de la fortuna giraba tan velozmente que para el momento en que se acercaba a su casa, todo el pueblo estaba hablando del incendio que había destruido sus negocios y propiedades. Su propia casa también había sido consumida por las llamas. Sin embargo, Rab Shlomo no estaba en absoluto triste. -La bendición vendrá más pronto de lo esperado- pensó para darse ánimos frente a semejante situación.
Ese año, Rab Shlomo luchó sin cesar. Al principio, sus amigos y antiguos socios le prestaron dinero, pero sólo lograron sumirlo cada vez más en deudas. Luego de una serie de emprendimientos desastrosos, no confiaron más en él y en lugar de prestarle dinero, se limitaron a sostener caritativamente a él y su familia.
A pesar de la desgracia, el matrimonio no tenía quejas sino que por el contrario estaba lleno de esperanzas.
Antes de cumplirse el año, la esposa dio a luz un niño.
Para ese entonces, la situación de Rab Shlomo era tal que fue empujado a pedir limosna. Avergonzado de tener que golpear las puertas de la gente, se unió a un grupo de pordioseros que mendigaban en los pueblos cercanos.
Una vuelta pasaron por Mezibush y uno de los mendigos sugirió ir a ver al Baal Shem Tov. -Él siempre da generosas dádivas- dijo.
Llegaron a la sinagoga, se alinearon en el patio y observaron cómo el Baal Shem Tov repartía tzedaká personalmente a los presentes.
-Ven más tarde a mi estudio- dijo el Baal Shem Tov al reconocer a Rab Shlomo entre los mendigos.
En su despacho, el Baal Shem Tov habló a Rab Shlomo:
-Aunque fue decretado que seas un hombre pobre, te mereces una pobreza digna-. Viaja al distrito de Krim y allí cambiará tu fortuna. Aquí tienes dinero para un caballo y un carro. ¡Que tengas suerte!.
Obedientemente y con grandes esperanzas, Rab Shlomo partió a esa localidad. Ni bien llegó buscó la sinagoga donde fue gratamente recibido por el shamash.
-¡Bienvenido, buen hombre!. Por favor, ven a mi casa y atenderé todas tus necesidades. Seguramente estarás cansado del viaje. ¡Será para mí el mayor placer ofrecerte una comida caliente y un lugar donde descansar!.
Rab Shlomo aceptó inmediatamente la invitación. El shamash continuó hablando: -En esta ciudad, todos los judíos son ricos. En las raras ocasiones en que llega un pobre, es anunciado en la sinagoga y todos ofrecen donaciones. El más generoso se gana el privilegio de ser su anfitrión. Yo no soy lo suficientemente rico como para competir con los más ricos de aquí, así que hasta anunciar tu llegada al pueblo, estaré encantado de ser tu anfitrión.
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