Historia de Janucá - LA LUCHA Y LA VICTORIA DE LOS JASHMONAÍM
Entre los héroes de este período hubo una mujer valerosa, Janá (Ana), y sus siete hijos. Fueron capturados y llevados ante el rey. A pesar de terribles torturas, ellos se negaron a inclinarse ante el ídolo del rey. Todos los siete murieron al kidush Hashem antes que transgredir la Torá. Su madre los apoyó y los animó valerosamente a permanecer firmes en su creencia en Di-s y Su Torá. Después de ver a todos los siete de sus hijos perecer santificando el Santo Nombre de Di-s, Janá subió a un tejado y saltó hacia su muerte. Estos mártires sirvieron como inspiración a sus hermanos judíos para resistir todos los intentos enemigos de destruir su religión.
Hubo otros judíos, no obstante, que eligieron rebelarse contra esta opresión. Esto marcó la primera vez en la historia de la humanidad que una nación luchara por la libertad de rendir
culto de acuerdo con su propia religión.
En aquellos tiempos turbulentos, Matitiáhu el Jashmonaí (Matatías el Asmoneo), hijo de Iojanán el Kohén Gadol, vivía en Ierushalaim. Cuando la opresión griega se hizo insostenible en su ciudad, él y su familia se mudaron al pueblo de Modiín en las afueras de Ierushalaim. El terror, no obstante, los siguió incluso hasta allí. Cierto día aparecieron los oficiales del rey y erigieron un altar a fin de ofrecer un sacrificio a la manera pagana. Le ordenaron al anciano Matitiáhu dar un
ejemplo para todos en el pueblo cooperando con las autoridades sirias. A cambio, se le otorgarían a él y a su familia privilegios especiales y una recompensa monetaria.
Matitiáhu orgullosa y públicamente declaró su determinación a permanecer firme a la religión de sus antepasados.
Mientras Matitiáhu estaba proclamando su desafío, otro judío se aproximó al altar para ofrecer el sacrificio. Matitiáhu se encolerizó tanto ante esta descarada profanación del Santo Nombre de Di-s que tomó una espada y mató no sólo al judío “renegado” sino también a los emisarios sirios del rey.
Matitiáhu entonces proclamó públicamente que quienquiera que tuviera fervor por la Torá y sus mitzvot lo siguiera. Luego Matitiáhu y sus hijos dejaron todo atrás y huyeron a las montañas, donde otros judíos temerosos de Di-s se les unieron. La revuelta había comenzado.
Bajo el liderazgo de Matitiáhu demolieron los altares erigidos por los paganos. Aun cuando Matitiáhu yacía en su lecho de muerte, les dijo a sus hijos: “Ahora, hijos míos, tengan fervor
por la Torá y entreguen sus vidas por el pacto de sus antepasados”.
Les recordó a grandes y fieles judíos del pasado –tales como Avraham, David, Daniel, Jananiá, Mishael y Azariá– que pusieron su fe y confianza en el Todopoderoso y Él, a su vez, los protegió del peligro. “No teman a las amenazas de un pecador, porque hoy es exaltado y mañana se convertirá en polvo y sus planes se reducirán a la nada. Fortalézcanse y sean valientes por el bien de la Torá”.
Matitiáhu no vivió para ver el resultado de los eventos que había puesto en marcha. Antes de su muerte en el año 166 A. de E.C., reunió a sus cinco hijos –Shimón, Iehudá Ha-Macabí (Judá el Macabeo), Elazar, Iojanán y Ionatán– en torno a él y les mandó seguir el consejo de Shimón, pero ver a Iehudá como su líder en la batalla. Con la ayuda del Todopoderoso, y bajo el liderazgo de los hijos de Matitiáhu, los judíos obtuvieron la victoria sobre sus enemigos, que eran por lejos superiores a ellos desde el punto de vista militar.
Después de que el malvado Antíoco murió, su hijo Eopater (Eupator) se convirtió en rey de Siria. Eopater no era mejor que su padre. Controló uno de los ejércitos más grandes conocidos en aquel tiempo. Estaba compuesto de una fuerza de más de 70,000 hombres e incluía infantería, caballería, elefantes de guerra y carros de combate. El ejército de Antíoco estaba también mejor entrenado que el de los Macabeos.
Siguiendo a la muerte de Matitiáhu, los judíos, bajo el liderazgo de Iehudá Ha-Macabí, estaban determinados a luchar hasta el final. Oraron a Di-s que los ayudara en su santa causa. Los Macabeos lucharon valientemente, destruyendo un batallón tras otro, pero parecía no haber fin a las abarrotadas masas del enemigo.
Súbitamente, Elazar, hermano de Iehudá, notó un elefante de guerra que estaba decorado de manera más elaborada y más fuertemente custodiado que los otros. Ese elefante debe llevar al rey, pensó Elazar; si lo mato, la victoria será nuestra. Sin pensar en su propia vida, Elazar se apresuró en dirección del elefante. Luchó en su camino hacia el guardia, matando a su derecha e izquierda, hasta alcanzar al decorado elefante. Elazar entonces clavó su lanza dentro de la parte inferior de la bestia. El inmenso animal se quebró, matando
a su jinete. Pero el heroico Elazar perdió también su vida, atrapado bajo el aplastante peso del elefante.
No fue al rey al que Elazar había matado, sino a uno de sus altos generales. Sin embargo el acto de valentía de Elazar inspiró a sus hermanos, y siguieron luchando. Las probabilidades estaban fuertemente contra ellos, no obstante, y se encontraban en un gran peligro.
El ejército de Iehudá Ha-Macabí derrotó a todos los mejores generales; por consiguiente, Antíoco Eopater decidió hacer las paces con los judíos. Los Macabeos ignoraron el tratado y capturaron Ierushalaim. Los judíos entonces pasaron a restaurar y re-dedicar el Templo, que había sido profanado por los griegos.
Cuando fueron a encender la Menorá, no pudieron hallar ningún aceite de oliva que no hubiera sido profanado por los griegos. Finalmente se halló una pequeña botella de aceite
puro con el sello del Kohén Gadol aún intacto. Era suficiente para arder durante sólo un día. Pero duró ocho días, que era tiempo suficiente para obtener un suministro fresco
del territorio de la tribu de Asher, a cuatro días de viaje de Ierushalaim. Janucá conmemora el milagro de la victoria militar de los judíos y el milagro del aceite.
©Copyright 2009 | Editorial Bnei Sholem – Ayer Hoy y Siempre tomo 2
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