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Amar a la manera judía
Guila Berkowitz
Enterrado profundamente debajo de los escombros de la asimilación,
envuelto en el velo del seco lenguaje del legalismo, yace un
secreto extraordinario del judaísmo: el tesoro de la sexualidad judía.
Aquellos que exploren esta mina con disciplina, discreción y sabiduría
hallarán la oportunidad de expresar la dulzura más exquisita de sus yos
físicos, emocionales y espirituales. En la unión de hombre y mujer, se convertirán
en una metáfora de la unión Divina; en su amor recíproco, alcanzarán
la evocación más perfecta del mandamiento de «Ama a tu prójimo
como a ti mismo».
El judaísmo procura hacer del lecho conyugal un altar.
A pesar de la cándida nomenclatura de «Pureza Familiar», la atención de
las leyes de la mikve se centra en el establecimiento de matrimonios fuertes
proveyendo de una satisfacción y entusiasmo sexual de toda la vida
dentro de la unión conyugal.Desde el punto de vista espiritual, el sistema
es todavía más ambicioso. Procura elevar todo acto sexual al reino de la
santidad.Hay en el corazón del judaísmo un ménage a trois sexual: marido,
esposa y Dios.
A primera vista, los aspectos restrictivos de estas leyes parecen prohibitivos
y puritanos, pero aun la experiencia de un solo mes de amar al estilo
judío puede abrir nuevas perspectivas dentro del matrimonio.
Investigadores del Instituto Kinsey, de renombre internacional,han demostrado
que las parejas que observan las leyes sexuales del judaísmo, comparadas
con otras poblaciones, no solo tendían a estar más satisfechas con el
sexo en general, sino que realmente disfrutaban de un número mayor de
episodios sexuales. De hecho, de todos los grupos estadounidenses estudiados
por Alfred Kinsey en su obra clave Sexual Behavior in the Human
Male (Indiana University Press, 1949), los judíos observantes eran los que
tenían más experiencias sexuales a lo largo de la vida.
La mayor parte de la gente no está nada menos que sorprendida al oír
del apoyo entusiasta del judaísmo a una vida sexual vibrante para los
miembros adultos y casados de la comunidad.Después de todo, estamos
acostumbrados a ver «religión» y «sexo» como dos cosas diametralmente
opuestas, y el matrimonio como el anticlímax de la aventura sexual. El
cristianismo y el islam consideran el deseo sexual como una debilidad
humana, y el pensamiento oriental ve el acto marital como un impedimento
para la búsqueda de la iluminación plena. Por otra parte, la sociedad
occidental materialista se opone a la religión en una correlación
directa de la extensión en la que está fijada en el sexo.
El judaísmo asume un enfoque completamente diferente de cualquiera
de estas filosofías. Rechaza las nociones de que el sexo es un pecado
necesario, un defecto esencial o una distracción de lo espiritual.También
niega con vehemencia que el sexo sea un placer mecánico, una diversión
libre de valores. Modela en cambio la sexualidad humana en un patrón
Divino: la consumación de la relación entre Israel, la Novia, y Dios, el
Novio. Santificada por la Torá, la unión entre hombre y mujer exalta espiritualmente
a cada uno de ellos y hace de su vínculo un vínculo común
con Dios.
Para los pensadores judíos, en particular los místicos, el sexo es una elevada
—quizá la más elevada— forma de adoración. De acuerdo con la
tradición (Iomá 54a-b), los querubines de oro que adornaban el Arca de
la Ley, situada en el Santo de los Santos del Templo de Ierushalaim, eran
varón y mujer. Cuando los Hijos de Israel hallaban gracia con el Señor, los
querubines se fundían en el coito.Cuando los israelitas pecaban, los querubines
se daban la espalda el uno al otro como una pareja enojada.
A lo largo de toda la literatura rabínica, el sexo santificado por las leyes de
la mikve —aunque siempre envuelto en un velo de modestia— es exuberantemente
positivo.Un dictamen (Taanit 8b) declara que el sexo es uno de
los tres asomos del Paraíso que los seres humanos pueden experimentar
durante su vida (siendo los otros el Shabat y la luz del sol).
Al igual que otras formas de adoración (y el Shabat y la luz del sol, si
vamos al caso), el sexo requiere de parámetros físicos para definir su espiritualidad.
Estos parámetros incluyen definir al compañero sexual como
exclusivo y sagrado, y definir el tiempo de la actividad y el reposo sexual
en las leyes de la mikve. El judaísmo promete que dentro de estos límites
cada cónyuge puede encontrar no solo satisfacción y bienestar sino una
verdad interior.
En un nivel mundano las leyes realzan el desempeño y el placer, acrecentando
la estima mutua y personal de cada uno de los cónyuges. En el
plano espiritual, la Pureza Familiar infunde al acto de la unión física de
santidad y propósito. El resultado histórico ha sido matrimonios mejores
y más estables, la clave de la supervivencia y florecimiento del pueblo
judío.
La tenacidad con que los judíos de todas las eras y todos los lugares del
mundo se han aferrado a esta tradición es un testimonio poderoso de su
eficacia. En Etiopía, una tierra árida, los judíos eran conocidos como «la
gente que apesta a agua». En Afganistán, las mujeres de las montañas llevaban
orgullosamente sus hachas consigo para abrir agujeros en ríos
congelados para poder sumergirse. En la Unión Soviética, ingenieros judíos
construyeron mikveot ilegales e ingeniosas en los armarios de diminutos
apartamentos. En Masada, los rebeldes judíos dejaron la maravilla de
mikveot, ritual y estéticamente perfectas. En el martirio, así como en la
vida, actuaron no como héroes individuales sino como familias eternamente
unidas.
Pero ¿qué es lo que puede hacer la Pureza Familiar por las parejas de la
era postecnológica?
Puede, y casi siempre lo hace, transformar un matrimonio. Por más que
el sexo a la manera judía no pueda salvar un mal matrimonio, puede convertir
uno bueno en algo trascendente. Lo hace de maneras inmediatas y
dramáticas, así como por medios sutiles cuyos efectos se hacen manifiestos
solo después de años o incluso décadas.
El resultado más directo de la observancia del ciclo de separación/
inmersión/consumación es una intensificación de la sexualidad de
la pareja.
Desde los albores del tiempo, los humanos han procurado avivar la
experiencia sexual, para recapturar el ardor de la juventud y el cortejo.
Pero los afrodisíacos de toda clase funcionan temporalmente, si es que
acaso lo hacen en absoluto.Debido a que la sexualidad es un componente
de la identidad sumamente poderoso, con el decaimiento del deseo
muchos individuos ven la pérdida de su propia vitalidad y valía.
Todos los humanos se ven frente a una paradoja: el sexo es una sensación
compleja que incluye el cuerpo, la mente y el espíritu, pero mientras
que la mente y el espíritu aman mejor al hacerlo prolongadamente, el
cuerpo alcanza un punto de agotamiento relativamente pronto.Este descenso
en el ardor se confunde a menudo con una falta de interés en el
cónyuge o un fracaso en uno mismo.Cuando acaece el suceso —como la
comezón del séptimo año, el bajón del segundo año o incluso en la luna
de miel—, los resultados pueden ser catastróficos. Es posible que o bien
el marido o bien la esposa, o ambos, busquen otras parejas, lleguen a la
conclusión de que el matrimonio ha fracasado, y/o tomen medidas desesperadas,
humillantes o aun peligrosas en el intento de volver a encender
la llama.
La separación mensual del ciclo de la pureza es un medio simple pero
sumamente efectivo para mantener ardiendo el fuego. Regularmente, la
ausencia hace que el corazón se vuelva más apasionado (y que las hormonas
despierten con más vigor). Las caricias y las expresiones de cariño
físicas que pueden de lo contrario volverse estereotipadas se aprecian de
un modo nuevo después de una pausa refrescante.
Un comentario frecuente sobre la noche de la mikve es: «Nos sentimos
cada vez como una novia y un novio». La memoria física es breve, de
modo que cada encuentro posterior a la inmersión tiene el apasionado
entusiasmo y la emoción expectante reminiscentes de la noche de
bodas.
Pero hay más en la experiencia que la simple separación. La esposa y el
marido siguen sin pausa siendo amantes en la mente y el espíritu. Todas
las experiencias que nutren y enriquecen la unión continúan.Son solo sus
cuerpos los que se toman una interrupción para hacer una recarga.
Lo previsible del ciclo promueve la cooperación, los intereses mutuos y
las expresiones de afecto fuera de las sexuales, que son vitales para cualquier
matrimonio.
En la primera etapa de una relación, cuando todo está bañado en el brillo
del deseo sexual, es fácil pasar por alto las diferencias a favor de la
pasión compartida y conveniente resolver las disputas con la técnica del
«beso y la reconciliación».
Una vez que el brillo pierde intensidad, la poco placentera realidad
puede asentarse. Es raro que las personalidades cuadren tan hábilmente
como los órganos sexuales. Los defectos del cónyuge pasan al frente.
«Él no es la persona con la que me casé». «Todo lo que ella siempre
quiere hacer es… [algo que me aburre hasta las lágrimas]». «Él nunca
quiere hablar». «Todo lo que ella quiere hacer siempre es cotorrear». «Yo
he crecido, pero mi cónyuge no». «No tenemos nada en común». La pareja
llega a la conclusión de que el fin de la pasión supone el fin de la relación.
Muy a menudo el divorcio parece el único recurso.
Pero la práctica del ciclo de la Pureza Familiar subraya —temprano en
la relación, cuando hay aún grandes reservas de buena voluntad— la
necesidad de trabajar juntos por metas mutuas, desarrollando un interés
compartido que no exija intimidad física, haciendo frente a las diferencias
y solucionando los desacuerdos de manera civilizada.
Estas dotes se vuelven útiles a lo largo de todo el ciclo y dejan el sexo
como un dominio de amor y disfrute mutuo, antes que forzarlo a satisfacer
todos los desafíos y portar con todas las cargas del matrimonio.
Aunque el sistema saca la presión de que la sexualidad de la pareja
actúe como un curalotodo, enfatiza, a decir verdad, su importancia en el
matrimonio.
Irónicamente, nuestra cultura obsesionada con el sexo —que utiliza
este instinto básico para cambiar el rumbo de elecciones y vender camiones—
minimiza la sexualidad dentro del matrimonio. La mayoría de la
gente reconoce las ventajas sociales de una unión legal pero admite que
desde el punto de vista sexual supone el fin de la exploración y el crecimiento.
Para muchos, el matrimonio es un compromiso sexual; la época
de la aventura sexual son los años de soltería de la adolescencia y la edad
adulta, que son recordados con una melancólica nostalgia.
Las artes y la cultura popular se confabulan para degradar la sexualidad
de las personas casadas.Mientras que el entusiasmo de los amantes jóvenes
cosecha guiños de aprobación, se espera que los que están casados
hace tiempo «crezcan». En otras palabras, se supone que se concentren
en cosas supuestamente más importantes: trabajo, hipotecas, hijos y
otras responsabilidades.
El judaísmo sostiene que el potencial sexual no puede alcanzarse sino
dentro del matrimonio. La boda no es el fin del cuento de hadas, sino su
posibilidad: el rico comienzo.
Lo que es más, la sexualidad no es un anzuelo para hacer que los adultos
acaten la disciplina de la responsabilidad.Una sexualidad rica es central
para el funcionamiento de la vida adulta. Para la pareja judía que está
en sintonía, al menos una vez al mes, en la noche de la inmersión en la
mikve, todas las otras responsabilidades son dejadas de lado. Con la
excepción de emergencias médicas y muy pocas obligaciones religiosas
(como Iom Kipur), no hay nada que le impida a una pareja volver a consumar
su matrimonio. Las necesidades y deseos de los demás —aun los
propios hijos— son secundarias con respecto a las de marido y mujer.
El sistema de la Pureza Familiar magnifica y apoya otras leyes sexuales en particular el mandamiento de oná, la obligación del marido de satisfacer
sexualmente a la esposa. Mientras que la mujer tiene prohibido
negarle por despecho el acceso sexual a su cónyuge, el hombre está obligado
por el mandamiento positivo de la Torá a «deleitar a su esposa» y el
negativo: «No le serán negados a ella sus derechos maritales».Dentro del
período asignado, el marido está mejor capacitado para tomar conciencia
de lo que pudieran ser las insinuaciones indirectamente expresadas
de su esposa. Puede así traspasarse la notoria brecha comunicativa entre
los sexos.
Por más que la observancia de las leyes de la sexualidad no ponga
todas las desilusiones y responsabilidades de la vida en una hoja en blanco,
guía las reacciones de la pareja a los desafíos de la intimidad marcándoles
el ritmo a los episodios sexuales.
Es un lamentable hecho de la vida que los deseos de los amantes no
siempre coincidan. Es posible que él esté lleno de vida y energía la misma
noche del día en que ella perdió un importante contrato, recibió un llamado
airado de la maestra de matemáticas del hijo y se quedó sin gas en
el camino.Es posible que ella exhiba su rojo camisón de raso y se bañe en
perfume tan solo para oírle a él decir: «Oh,me he olvidado de decirte, cariño,
invité al contador para hoy a la noche para arreglar nuestros impuestos
».
En el primer caso, por ejemplo, la agotada esposa, si se encuentra en el
período de nidá, puede insistir en hablar abiertamente de su mal día y
recibir comprensión y consejo, después de lo cual puede descansar un
poco. Si el mal día acaece durante el ciclo activo, puede decidir archivar
por esa noche los desastres y liberar las tensiones sexualmente.
En el segundo caso, si tiene lugar durante el período de nidá, la pareja
puede decidir compartir la tarea de la preparación de los impuestos, o la
esposa pudiera asignarse el tiempo para sí misma dándose un largo baño
o leyendo una novela. Si ocurre en el período de pureza ritual, el marido
pudiera volver a programar su compromiso o limitar la sesión a los asuntos
más urgentes, antes que entretenerse hasta las altas horas de la
madrugada con refrescos y teniendo una conversación social.
El ritmo natural de la Pureza Familiar se vuelve de especial ayuda durante
el período del embarazo y el posparto. Durante un embarazo saludable
se alientan las relaciones sexuales y otras expresiones físicas de intimidad.
Esto les ayuda a relajarse a los futuros padres, quienes son propensos
a la ansiedad, y los vincula con un amor compartido por el hijo.
Después del parto, se demora la inmersión en la mikve hasta siete días
después de que la madre haya cesado de sangrar por completo (es decir,
esté completamente sana). Se les quita a los padres, quienes tienen la
tendencia a sentirse abrumados con el cuidado del recién nacido, la responsabilidad
de una relación sexual. No se le pide a la mujer que satisfaga
a su marido a expensas de su propio bienestar, ni se le exige «elegir»
entre su hombre y su bebé. El marido, teniendo que hacer una larga
pausa a sus deseos sexuales, no se arriesga a herir a su esposa,poniéndoselo
en la humillante posición de competir por las caricias o tener que
tomar la falta de interés sexual de ella a modo de rechazo personal.
Otro modo en que la Pureza Familiar promueve un mejor matrimonio
es al legitimar el «espacio» personal y el compartido.
Uno de los temores dominantes del matrimonio es que el cónyuge
devore la individualidad personal. Tanto hombres como mujeres tienen
terror de perder todo sentido del yo en el «nosotros» conyugal. Pero los
intentos por afirmar el individualismo procurando intereses y amistades
sin el cónyuge pueden verse como en extremo amenazadores para la
relación.
El sistema sexual halájico define el espacio físico y emocional durante
la fase no sexual.Se tiene, como mínimo, una cama propia.Pero esta separación
no es un criticismo hacia el cónyuge, sino una prescripción de la
ley. Durante la fase físicamente activa del ciclo, los cónyuges tratarán
naturalmente de maximizar sus actividades mutuas, dentro y fuera de la
cama, afirmando su compromiso básico el uno con el otro.
Uno de los modos en que el movimiento feminista ha afectado la sensibilidad
moderna es al hacernos conscientes del grado en el cual se usa
el sexo para ejercer poder, manipular, coaccionar y oprimir. Este conocimiento
da un aprecio particular de cuán efectivamente la Pureza Familiar
restringe los juegos de poder sexuales.
El poder del sexo, y el atractivo sexual del poder, son inquietantemente
universales. Pero la estabilidad de la raza humana —plasmada en el
matrimonio— depende de la superación de la conquista, la subyugación
y la fuerza como parte del erotismo.
No obstante, la coacción sexual sigue siendo una fea constante del
matrimonio moderno, en formas tan crudas como la violación o tan sutiles
como la amenaza de retener dinero para las necesidades domésticas.
El sexo como herramienta de opresión es utilizado en su mayor parte
por los hombres. Su fortaleza física y económica superior les da una ventaja decisiva en lo que se refiere a la violencia y el acoso. Por otra parte, la
habilidad de limitar la satisfacción sexual del cónyuge es un arma sexual
que empuñan muchas mujeres.
Las leyes de la Pureza Familiar dificultan que cualquiera de los cónyuges
tome el control de cuándo o acaso si el sexo tendrá lugar. La conformidad
con las leyes pone control en el sistema, distendiendo la competición
por la supremacía.Además, limita severamente el uso del sexo como
recompensa o su negación como castigo.
Otro problema universal que aborda el sistema de la mikve es la distribución
desigual de la experiencia sexual a lo largo de la vida. Es decir, en
una vida no regulada la actividad sexual se verá concentrada en la juventud.
Pero a menudo las necesidades sexuales son mayores en la edad
mediana y persisten en la edad madura. La Pureza Familiar regula y mantiene
la frecuencia sexual a lo largo de toda la vida adulta.
A fines de los años cuarenta, cuando Alfred Kinsey investigó las prácticas
sexuales estadounidenses, estudió a muchos grupos sociales y étnicos,
incluyendo hombres judíos ortodoxos (de quienes se pudiera esperar
que mantuvieran las leyes de la Pureza Familiar en una proporción
considerable). En el grupo de edad más joven que se estudió,los hombres
ortodoxos tenían muchos menos episodios sexuales que otras comunidades
étnicas. Esto puede explicarse con la suposición de que los hombres
ortodoxos tienen menos experiencias sexuales prematrimoniales y
que, entre los hombres casados, la separación ritual los obligaba a restringir
la frecuencia del sexo natural a los hombres jóvenes. No obstante, en
los grupos de edad subsiguientes, los hombres ortodoxos igualaban y
luego excedían a otros en la frecuencia de los episodios sexuales. Al calcular
las experiencias sexuales totales en el transcurso de la vida, Kinsey
encontró que los hombres ortodoxos eran los que tenían un índice más
alto que cualquier otro grupo estudiado.
La práctica de las leyes de la sexualidad marca el ritmo de las experiencias
sexuales pero no las disminuye. Aunque se le pone una tapa a la
pasión juvenil, esa energía es aparentemente preservada, porque en la
edad mediana hay poca disminución de la actividad sexual (como sucede
en la población general). Al ingresar en la vejez, cuando la práctica de
las leyes deja en gran parte de tener importancia, la pareja mantiene aun
así una vida sexual activa, impulsada por los ritmos aprendidos en la
juventud.
Hay un cuerpo creciente de evidencia científica de que la práctica de la Pureza Familiar protege de las enfermedades ginecológicas,mejora la fertilidad
y promueve la salud genética.
Durante siglos se les advirtió a los judíos de los males que les sobrevendrían
(específicamente enfermedades dolorosas y vergonzosas, e hijos
defectuosos) si violaban estas leyes. Por lo general, los iluminados desechaban
esto como supersticiones.Ahora bien, biólogos como MacArthur
y la erudita Margie Profet de la Universidad de California de Berkeley
plantean que durante la menstruación el útero se limpia de agentes patógenos
transmitidos por el semen.1 Esta teoría es especialmente apremiante
en vista de la evidencia epidemiológica de que la sangre menstrual
en un conducto sumamente eficaz del virus del VIH, así como de los
responsables de la hepatitis B y la hepatitis C.2
Pero las leyes sexuales judías van más allá de la abstención sexual
durante la menstruación, y esta diferencia explica algunos aspectos interesantes
de la salud de las mujeres y los infantes. Debe notarse que la
mayoría de las culturas tienen tabúes con respecto a las relaciones sexuales
durante la menstruación, y hay muchos individuos que sienten una
aprensión natural en cuanto a ello.Además, antes de los tampones desechables,
los métodos anticonceptivos mecánicos y la lavandería modernos
ese tipo de prácticas sexuales suponía horas de trabajo para higienizarse
después del acto.
Pero no hay duda de que existen diferencias entre las poblaciones que
adhieren a las leyes de la Torá y las que meramente se abstienen del coito
durante este período. Por ejemplo, se ha notado hace mucho que las
mujeres judías tienen una incidencia menor de cáncer cervical que las no
judías. Puesto que esta diferencia se mantiene entre la población judía
contemporánea, cuya gran mayoría no practica la Pureza Familiar, se ha
supuesto que este beneficio lo confiere la circuncisión masculina (casi
universal, aun entre los judíos no religiosos). Pero una visión general histórica
sugiere algo distinto.
Hiram M.Vineberg, director de ginecología del hospital Monte Sinaí de
Nueva York, analizó los registros de la incidencia de la enfermedad entre
1893 y 1918. El estudio incluía a más de cincuenta mil mujeres.Entre 1893
y 1906 las mujeres judías eran veinte veces menos propensas a tener cáncer
cervical que las gentiles. Entre 1906 y 1911 las mujeres judías eran quince veces menos propensas a padecer la enfermedad; entre 1911 y
1918, diez veces menos. La caída de la protección es paralela a la caída del
uso de la mikve entre la población judía de Nueva York durante ese tiempo.
3 La ventaja protectora contra el cáncer cervical cae a un cinco por
ciento o menos entre las mujeres judías contemporáneas que no observan
la ley de la mikve. El Dr. A. Shechter del Hospital Beilinson de Pétaj
Tikva, Israel, cree que esto es insignificante.4
En 1930, el Dr. Howard Nelly, de la Universidad Johns Hopkins, estudió
los alumbramientos de las mujeres judías ortodoxas de Baltimore.
Encontró que tenían un porcentaje menor de partos con fórceps, una
menor incidencia traumática durante aquellos alumbramientos y menos
partos por cesárea que la población general. Nelly notó las similitudes
con las mujeres judías del Libro de Shemot, que eran «notorias por ser
más vivaces en el asiento de partos que las mujeres egipcias, de modo
que las parteras encontraban difícil llegar a las madres antes de que
nacieran los bebés». Además, notó que aunque el porcentaje de cáncer
de útero no cervical era equivalente al de la población general, el índice
de mortalidad era menor.
Atribuyó los resultados de su estudio a «la vida sexual mejor regulada [de
los judíos], más abstinencia en las relaciones íntimas, menos promiscuidad
[lo cual lleva a] menos propensión a las congestiones persistentes».5
Las leyes de la Pureza Familiar están orientadas a maximizar las posibilidades
de la concepción ventajosa.Aunque los avances tecnológicos nos
den a entender que tenemos un gran control sobre la fertilidad humana,
el hecho es que hace una generación que los índices de infertilidad
ascienden firmemente. Hoy en día, una de cada cinco parejas estadounidenses
tiene problemas de concepción.
El momento de la inmersión en la mikve coincide usualmente con la
ovulación, asegurando así la mejor posibilidad para la inseminación. En
este momento el óvulo ha sido recién liberado en las trompas de Falopio
y todavía no ha iniciado el proceso de la rápida descomposición que
puede dar como resultado el aborto o los defectos de nacimiento.
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